El otro día presencié como un niño le decía a otro, con mucha energía, como luchando contra el mal y salvando a su amigo de las garras de un monstruo:
¡No, no! ¡No entres en el estanco, que te conviertes en un fumador!
Sinceramente, yo creo que le dio tal susto a su amigo del grito que le pegó, que no volverá a intentar entrar en un estanco en su vida, al menos, a comprar tabaco...
¡No, no! ¡No entres en el estanco, que te conviertes en un fumador!
Sinceramente, yo creo que le dio tal susto a su amigo del grito que le pegó, que no volverá a intentar entrar en un estanco en su vida, al menos, a comprar tabaco...
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